Por Jorge Majluff, titular de Grupo Mercado
Podríamos imaginar la mente de una persona como un gran recipiente. A lo largo de su vida, en ese recipiente van cayendo gotas de diferentes colores.
Cada gota es una señal: una conversación, una noticia, un comentario, una experiencia, un reel, una publicidad, la opinión de un amigo o una medida de gobierno.
Supongamos que durante mucho tiempo caen gotas verdes, rojas, blancas y amarillas, pero principalmente anaranjadas. Con el tiempo, el líquido adquirirá una tonalidad predominantemente naranja, aunque conserve matices de los demás colores.
Así funcionan también nuestras opiniones.
Si una persona ha recibido durante años señales que refuerzan determinada visión de la realidad, una pequeña gota del color contrario difícilmente consiga modificarla. Una gota azul dentro de un recipiente lleno de naranja prácticamente desaparecerá.
Pero si las gotas azules empiezan a repetirse, lentamente el naranja puede perder intensidad. Quizás nunca llegue a convertirse completamente en azul, pero su tonalidad habrá cambiado.
Y no todas las gotas tienen el mismo tamaño.
Un reel puede ser una microgota. Un posteo, una señal pequeña. Una noticia de un medio que esa persona considera confiable puede tener mayor peso. Y mucho más grande puede ser la opinión de alguien a quien respeta: un amigo, un familiar, un periodista, un médico o cualquier referente de su mundo cotidiano.
También existen gotas enormes: perder el trabajo, conseguirlo, sufrir un hecho de inseguridad, recibir una buena atención en un hospital o comprobar personalmente una mejora o un deterioro económico.
Y aparecieron los algoritmos
Durante buena parte de la historia, las gotas que llegaban al recipiente tenían un componente mayor de azar. Uno compraba un diario completo, miraba un noticiero o conversaba con personas que podían pensar diferente.
Las redes sociales cambiaron esa lógica.
Los algoritmos aprendieron nuestros gustos, intereses y preferencias y comenzaron a decidir buena parte de lo que vemos.
Esto aumenta enormemente la posibilidad de que las nuevas gotas sean del mismo color que ya tiene el recipiente.
Si nuestro recipiente es naranja y prestamos atención a contenidos naranjas, el sistema aprende esa preferencia y nos ofrece más gotas naranjas.
El recipiente ya no solamente se colorea por acumulación: existe además un mecanismo que observa su color y selecciona muchas de las próximas gotas en función de él.
Así, una persona puede creer que está observando “la realidad” cuando en realidad está viendo una porción de ella especialmente seleccionada de acuerdo con sus preferencias anteriores.
Y ahora aparece la inteligencia artificial
A ese ecosistema se incorpora un nuevo actor: la inteligencia artificial.
Todavía no sabemos qué tamaño tendrá esta gota.
Puede ser pequeña, intermedia o terminar convirtiéndose en una de las más importantes.
Cuando alguien consulta a una IA no siente necesariamente que está viendo una publicidad o escuchando a un dirigente. Siente que está haciendo una pregunta y obteniendo una respuesta especialmente construida para su inquietud.
“¿Por qué aumentó esto?”
“¿Quién hizo mejor gestión?”
“¿Es verdad lo que dijo este dirigente?”
“¿Qué candidato representa mejor lo que pienso?”
Esa respuesta se convierte también en una gota.
Y su peso dependerá fundamentalmente de la confianza que la persona tenga en la inteligencia artificial.
Para algunos será apenas una fuente ocasional. Para otros puede transformarse en un instrumento cotidiano para comprender la realidad, comparar argumentos y tomar decisiones.
Incluso podría pasar de ser simplemente una fuente de información a convertirse en una especie de referente. Y las gotas provenientes de referentes suelen pesar mucho más.
Por eso, para comprender cómo alguien forma una opinión, no alcanza con observar el último mensaje que recibió.
Hay que conocer qué color tenía previamente su recipiente, qué gotas fueron cayendo, con qué frecuencia, qué tamaño tenían y quién ayudó a decidir cuáles llegaban hasta allí.
Porque las opiniones rara vez cambian por una gran campaña, un discurso brillante o una única noticia.
Se construyen por acumulación.
La comunicación, entonces, no consiste solamente en producir una gran gota. Consiste en conseguir que muchas gotas coherentes lleguen durante suficiente tiempo al recipiente adecuado.
Y hoy existe una dificultad adicional: ya no alcanza con producir las gotas. También importa comprender quién controla la canilla.
Antes fueron principalmente los medios. Después llegaron los algoritmos. Ahora también aparece la inteligencia artificial.
Lo que finalmente una persona expresa como opinión es apenas el color que vemos desde afuera.
Debajo de él hay miles de gotas acumuladas.






